¿Debería volver el 10?

Antes de 2006, ver un 10 en gimnasia artística significaba haber sido testigo de un ejercicio perfecto. A partir de ese año y hasta la actualidad, sin embargo, un diez tiene un sentido completamente diferente: una actuación pobre, llena de defectos.

Y es que en 2006 la FIG decidió cambiar la manera de puntuar la artística, pasar de una nota cerrada de 10, el llamado Perfect ten, a una nota con final abierto, en la que no existe un límite por arriba. Se cuenta que esto ocurrió debido al nefasto arbitraje de los JJOO de Atenas 2004, en los que, debido a una mala estimación de la nota de paralelas del surcoreano Yang Tae Sung, el estadounidense Paul Hamm se alzó con el oro, pese a haber aterrizado su salto al lado de la mesa de los jueces.
Las notas sobre 10 se calculaban estimando al ejercicio una nota de partida (el máximo que el gimnasta podía conseguir si no tenía fallos) y a partir de ahí deducir los fallos. Con el nuevo sistema, sin embargo, existen dos notas independientes que luego se suman: la de dificultad y la de ejecución. Esta segunda sigue teniendo un límite de diez puntos, pero luego hay que sumarle la dificultad, por eso la nota final, generalmente, superará el 10.
El Perfect ten beneficiaba una ejecución perfecta, mientras que las notas con final abierto benefician la dificultad. Y esto, pese a que mucha gente echa de menos el 10, tampoco parece lo más justo; y es que antes, un ejercicio de menor dificultad pero ejecutado sin fallos podía superar a uno mucho más difícil pero que, por ejemplo, no estuviera bien aterrizado. ¿Cuál de los dos merecería mejor nota? ¿Qué debería prevalecer: la ejecución sobre la dificultad? ¿La dificultad sobre la ejecución? ¿Intentar encontrar un término medio? Eso parece lo más justo, pero ¿cómo?
Todos conocemos el primer 10 de la historia olímpica de la gimnasia: el de Nadia Comaneci en el ejercicio obligatorio de paralelas asimétricas en Montreal 76. No obstante, también es cierto que un tiempo después el diez estaba bastante barato: entre Los Ángeles 84 y Seúl 88 no era nada raro ver triples y dobles empates por el oro. Luego veías los ejercicios, y seguro que alguno era más perfecto que los otros, ya fuera por la dificultad o por la ejecución. Pero todos habían obtenido el 10. Después de los juegos de Seúl las puntuaciones se endurecieron y ya resultaba más difícil encontrar la nota perfecta en competición. Como nota curiosa, los dos últimos dieces olímpicos que se dieron en la historia fueron los de la rumana Lavinia Milosovici y la china Li Lu, ambos en Barcelona 92.
La openended score ha recibido numerosísimas críticas, tanto de aficionados como de gimnastas, entrenadores y demás personal relacionado con el deporte. Toda esta gente afirma que el nuevo sistema favorece el riesgo, y este riesgo favorece, a su vez, las lesiones, y que el deporte pierda ese “arte” que lleva en su nombre. En definitiva, que se pierde la esencia de la gimnasia artística. No les falta razón pero, personalmente, me resulta curioso que una buena parte de las críticas venga directa de Estados Unidos, que ha sabido adaptarse perfectamente a este nuevo código. La dificultad no tiene límites, la interpretación no tiene cabida.
En mi opinión, no es más que un intento de solucionar el problema existente, pero no más que eso, un intento. Quiero decir, el problema no es la puntuación de final abierto en sí, sino que actualmente se le da un papel demasiado importante a la dificultad, por lo que se prefiere aumentar esta para suplir la ejecución. Es por esto que cada vez más se ven ejercicios más difíciles con ejecuciones más imperfectas. Recordemos que, cuanto mayor sea la dificultad, mayor es la probabilidad de fallo; pero, si la deducción que voy a obtener por el fallo es menor que la bonificación que voy a obtener por la dificultad, prefiero hacer un elemento difícil. Hacerlo mal, pero hacerlo.
En mi mente, una de las posibles soluciones sería una puntuación de final abierto que incluyera tres notas: dificultad, ejecución e interpretación o maestría (lo que en inglés llaman artistry). Pero claro, esa tercera nota sería un componente meramente subjetivo, ¿cómo se juzgaría? No obstante, en otros deportes como el patinaje artístico se hace.
Otra posibilidad sería un sistema que le diera menos importancia a la dificultad, pero prácticamente cero. O el que hay ahora, pero que la ejecución cuente el doble (esto es, NotaD + 2xNotaE). O que se juzguen con aún más dureza los fallos derivados del aumento de dificultad, tales como no clavar las diagonales (este último no lo veo, bastante duros son ya los jueces).
Lo que parece claro es que este sistema no parece haber recibido demasiada aceptación, pese a que llevamos ya 11 años viéndolo. ¿Qué solución podría dársele? No lo sé, pero sí creo que algo debería cambiar.

Para finalizar, me gustaría pedir disculpas por haber abandonado el blog durante varias semanas. He estado de mudanza y aún no tengo wifi en mi nuevo hogar. Eso por eso que la entrada de hoy es de opinión, ya que no me es posible buscar bibliografía con los datos móviles. Además, tengo pendientes de ver y comentar muchas competiciones: American Cup, International Gymnix, la Copa de Baku y el DTB Pokal team challenge, donde me consta que nuestros gimnastas patrios están haciendo un buen papel.

Lecturas recomendadas:
Meyers, D. (2016), The end of the Perfect 10: The making and breaking of Gymnastics‘ Top ScoreFrom Nadia to now
Journal of Young Investigation, «Why Gymnastics Judges Will Never Get a Perfect 10»

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